Almudena Cid: “Con 14 años no sabes gestionar la presión de estar entre las mejores del mundo”


Con una carrera deportiva marcada por la excelencia, y una transición artística llena de sensibilidad y autenticidad, Almudena Cid se ha consolidado como una de las figuras más versátiles y admiradas del panorama español. Tras despedirse de la gimnasia rítmica con una trayectoria legendaria -única en disputar cuatro finales olímpicas consecutivas-, ha sabido reinventarse como actriz, escritora y comunicadora, llevando su disciplina y pasión a nuevos escenarios.
En esta entrevista, Almudena nos habla de su evolución personal y profesional, de los retos que ha enfrentado al dejar la alta competición y de cómo ha encontrado nuevas formas de expresión a través del arte y la palabra.
¿Cómo recuerda sus inicios en la gimnasia rítmica?
Recuerdo quedarme después de la ikastola, en su interior en las gomas, porque el suelo era de goma, a entrenar con algunas compañeras de clase. Llevábamos un maillot negro, íbamos todas iguales. Agurtzane, nuestra entrenadora, nos ponía a jugar a Simón dice: “Tócate la oreja con la pierna derecha”. Yo la levantaba con mucha facilidad. Me sentía diferente y no sabía diferenciar si eso era bueno o malo.
También recuerdo el día que hice una prueba para entrar en la escuela de la federación alavesa. Me pusieron un banco suizo de madera dado la vuelta y me dijeron que tenía que pasar sobre él sin caerme. Me advirtieron: “si te caes, te comen los tiburones”. Y me caí. Yo hubiera preferido que me dijeran que debajo había algodones. No me cogieron. Al poco entré en un club de competición.
En la ikastola, me pidieron hacer una exhibición y yo llevé un maillot blanco, parecido al de la gran Marina Lobach, y allí me di cuenta que contrastaba con el negro de las que eran mis compañeras. Me dio mucha vergüenza. A partir de ahí, empecé a entrenar más horas a la semana hasta llegar a entrenar todos los días de la semana, descansando solo los domingos por la tarde.
¿Qué ha sido lo más difícil de mantenerse en la élite durante tantos años?
Sostener el edadismo que sufrí a partir de los 20 años y convivir con los dolores crónicos y lesiones.
¿Qué momento olímpico le marcó más?
De todos extraigo un momento especial: En los primeros, la inocencia en el Kiss & Cry; en los segundos, haber superado la competición con el menisco roto; en los terceros, conseguir el diploma a pesar de lo mal que me trató mi federación y de haber estado con muletas un mes antes de la gran competición; y en los cuartos, el beso de Pekín. Mi despedida fue a la altura de mi carrera: donde quise, como quise y cuando quise.


Después de una carrera tan intensa, ¿cómo fue adaptarte a una vida sin competición?
La retirada no es sencilla. Vives una crisis de identidad, atraviesas muchos cambios, tienes que reinventarte y es difícil recuperar el sentimiento de competencia. También sientes falta de pertenencia.
A mí me ayudó la interpretación: descubrí una profesión con muchos puntos en común con el deporte y me permitió sentir que no partía de cero, aunque al principio sintiera el peso del intrusismo.
Lo más importante fue obligarme a ordenar mi paso por el deporte, poner en valor las herramientas adquiridas en la élite y, a la vez, identificar lo que no era saludable para no trasladarlo a mi vida tras la retirada.
¿Escribir fue una forma de terapia o siempre le atrajo la narrativa?
Desde que llegué al equipo nacional con 14 años empecé a escribir un diario. En él plasmaba todo lo que no podía contar a mi familia, no porque no me escucharan, sino porque me arriesgaba a que me vinieran a buscar a Madrid.
Escribir era un desahogo: los primeros años fueron duros porque llegué a ocupar un lugar que ya tenía otra gimnasta, y con 14 años no sabes gestionar la respuesta a eso, la responsabilidad de representar a un país, la presión de estar entre las mejores del mundo.
Esa escritura me acompañó también tras la retirada: me ayuda a parar, reflexionar y ordenar.
¿Qué mensaje le gustaría que se llevasen los lectores de sus libros?
Me gustaría ser una buena compañía: Para el público infantil, con la saga Olympia; y para el público adulto, con Caminar Sin Punteras. El mensaje dependerá del momento vital de cada lector. Sé que mis libros suman porque así me lo transmiten. No hay idealización de mi carrera ni de mi vida: muestro mi vulnerabilidad y también las herramientas que me ayudaron en cada etapa.
¿Qué es el éxito para usted hoy?
Dedicarme a lo que me gusta y tener la posibilidad de elección.
¿En qué proyectos está trabajando ahora? ¿Qué le gustaría explorar que aún no haya hecho?
En el Festival de San Sebastián de septiembre se ha estrenado La Suerte (Disney+), donde interpreto a la mujer del Maestro, Óscar Jaenada.
Recientemente se acaba de emitir en prime time, en Antena 3, el programa Emparejados, donde presenté mi particular Quién es Quién.
Y por delante tengo varias conferencias para empresas y foros de mujer, deporte y salud mental.
Me gustaría sacar adelante el documental en el que estoy volcada. Yo misma seré el vehículo para contar todo lo que la sociedad aún desconoce del deportista: la falta de protección social, la dignificación necesaria y las herramientas que adquirimos durante la etapa deportiva y que muchas veces no sabemos identificar y que creo que pueden ser inspiradoras para la sociedad.


¿Qué es lo que más echa de menos de Vitoria?
Llevar o recoger a mi sobrino Marko a la ikastola, los pintxos, pasear con mi aita por Salburua hasta el árbol que más me gusta, a mi amigo Ortzi, el café con mi ama, los encuentros con mis hermanos y mi cuñada, poder ir andando al centro… Pero pronto tendré todo eso más a mano, porque en septiembre empiezo a construir mi casa allí.
Recomiende a nuestros lectores planes que le guste hacer en Vitoria-Gasteiz.
Subir a Zaldiaran (un monte accesible) y comerse una naranja en la cima; un café en la Virgen Blanca; visitar la Catedral de Santa María; pasear por la Almendra Medieval con un cucurucho de castañas…
Y también un recorrido de pintxos por Gasteiz: la envoltura de patata con explosión de huevo y trufa o txistorra del Sagartoki, el donut de cocido del PerretxiCo, el pintxo de tortilla del Arima…




